Ficciones (I)

obamachavez

Durante el último debate del estado de la nación, creo recordar, aunque da igual porque todos se parecen entre sí, me dejó absorto una escena que ocurría en algún entreacto de la trifulca, o antes de dar comienzo, o quizás al final. Cuándo exactamente no es una cuestión cualquiera, pienso. Verán por qué.

Elena Valenciano y Alfredo Pérez Rubalcaba, los González y Guerra de nuestros días (sic), se encontraban en la arena taurina o especie de platea que hay al pie de los escaños del Congreso de los Diputados, en cuyo centro está esa mesa desapercibida y curiosa que parece trasplantada desde una escena doméstica, en la que las personas que allí se sientan parecen ir a lo suyo y a veces alguien escribe algo o se levanta y se va pero luego vuelve, como si en la casa durmiera un niño con  fiebre o llamaran al timbre.

Junto a la mesa, Rubalcaba y Valenciano se encontraban o iban al encuentro del Ministro de Asuntos Exteriores, José María Margallo, en esos preludios de la representación que iba a dar comienzo. Y en estas que Elena se acercó y le plantó dos besos cariñosísimos, tiernos y lentos, y un tercero un poco más arriba del cuello mientras lo miraba arrobada como debiera mirar hace años, salvando las distancias siderales, Susan Sarandon o Meryl Streep a, pongamos por caso, Gregory Peck o Richard Burton.  Margallo, mientras, hablaba con mirada distraída y pose de galán adusto recibiendo impasible el dispendio de amor; Rubalcaba sonreía en segundo plano y entre los tres se iniciaba, en un clima de vergonzante, inverosímil y almibarada cordialidad, una animada conversación en la que el Ministro quizá relatara las peripecias diplomáticas de su último viaje, o compartiera con ellos el nombre de un hotel con encanto en Brujas.

Porque a los que piensen que los políticos pueden ser políticos con ideas contrapuestas pero aparte de respetarse y estimarse personalmente, tomar pinchos en el bar del Congreso o hacer senderismo los domingos, quiero decirles para taponar la hemorragia de esas y otras tonterías que lo que ocurre en el Congreso no es un partido de fútbol, o una carrera de motos en la que lo que sucede en la pista allí se queda y demás sandeces por el estilo.

Y es que uno esperaría, con cierta lógica infantil de las que resisten el paso de los años estúpidos en los que devenimos a la fuerza en seres exclusivamente sociales, que enfrentar opiniones antagónicas sobre los asuntos fundamentales que rigen la vida de millones de personas, debiera, pasados los turnos de palabra y demás parafernalia, dejar  un rastro de diferencia, un tufo persistente de cabreo; que mantener la compostura no fuera (únicamente) permanecer impasible, no torcer el gesto y ser educado y prudente ante cualquier cosa oída. No afirmo por supuesto que los diputados tengan que escupirse a la cara al cruzarse en los pasillos, pero tampoco comerse a besos. Que digo yo.

Andado el tiempo me doy cuenta de que la ficción de Jordi Évole sobre el 23-F va ampliando su significado, se enriquece en interpretaciones. Eso le ocurre a las grandes obras, a secas, o a aquellas que no nacen con la pretensión de ofrecer una visión distinta de los hechos sin más, sino que son en sí mismas un prisma cambiante, que son una perspectiva de los puntos de vista. Me cuesta desde entonces no ver el Congreso de los Diputados como un escenario o un plató raro en el que los actores se sientan en el lugar del público, de vez en cuando parecen discutir y odiarse sin atisbo de conciliación y, pasada la representación, bajan a la platea a aplaudirse mientras los de la mesa cenan sopa.

Fran Sánchez

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