Incomunicación

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Y así estamos. Condensando toda nuestra atención en una pantalla de 5 pulgadas. Con el cuello permanentemente inclinado hacia adelante, la mirada fija y los pulgares ardiendo. Prestando atención a todo menos a nuestro alrededor. Queriendo saberlo todo sin enterarnos de nada.

Nos ha tocado vivir en una época en la que, posiblemente, tengamos más herramientas que nunca para estar comunicados. Paradójicamente, también nos ha tocado vivir en la época en la que menos nos relacionamos con los demás. Somos capaces de contarle al mundo entero, Stories o “Directo” mediante, lo que estamos desayunando, al concierto al que estamos asistiendo o lo mucho que nos machacamos en el gimnasio. En ello basamos nuestra felicidad, en contarlo y no en disfrutarlo. Por ende, también nos empeñamos en no perdernos nada de lo que acontece en la ventana al mundo de las redes sociales sin darnos cuenta que hace tiempo cerramos la ventana de la vida.

Lo peor es que ya no damos tregua ni a la hora de comer. Ni siquiera somos capaces de apartar el teléfono 10 minutos de nuestra mesa para compartir la comida con la que nos rodean. Y tampoco a la hora de dormir. Pero es que tampoco somos capaces de respetar ese momento en los demás. Cuando le contemos a nuestros nietos que hace tiempo había una ley no escrita para no llamar a casa de alguien entre las 2 y las 5 de la tarde…

Uno se pone a recordar casi con nostalgia aquellos momentos en los que lo importante era disfrutar de lo que estaba sucediendo en ese momento, y no contarlo. ¡Qué tiempos aquellos! ¡Y lo bien que lo pasábamos! Disfrutando de la vida con la gente que estaba cerca. Llamando por teléfono a las personas a las que extrañábamos. Prestando atención a la persona que teníamos delante. Respetando el tiempo de los demás. Tomando una cerveza con un amigo sin rendir cuentas.

Ahora vivimos pegados a una falsa libertad, a una sensación de cercanía que nos aleja de los demás a golpe de notificación. Vivimos en una celda pequeña con una única ventana al mundo, acompañados siempre por nuestro carcelero de 5 pulgadas.

Quizá algún día consigamos salir de estas tecnológicas rejas. Sólo será cuestión de volver a levantar la cabeza y mirar a nuestro alrededor.

Ricardo Cañadas

 

 

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